La novia protestante de mi tío cocainomano

Mi tío Ricardo tenía dos grandes pasiones.

La cocaína y las malas decisiones.

No necesariamente en ese orden.

Por eso nadie se sorprendió cuando apareció una tarde de domingo con una novia protestante llamada Deborah.

Lo raro no era que fuera protestante.

Lo raro era que quisiera salir con Ricardo.

Deborah era una mujer seria. De esas personas que doblan las servilletas antes de usarlas.

Mi tío era el tipo de hombre que podía perder las llaves de su casa mientras estaba adentro de la casa.

Se conocieron, según él, por obra divina.

Según el resto de la familia, se conocieron porque Ricardo entró por error a una reunión religiosa creyendo que era una charla sobre inversiones.

La relación avanzó rápido.

Demasiado rápido.

A las dos semanas Deborah le regaló una Biblia.

A las tres semanas Ricardo la estaba usando para nivelar una mesa coja.

Hubo tensiones.

Muchas.

Ella decía que la salvación estaba en la fe.

Él decía que la salvación estaba en encontrar el número de teléfono de un tal «Pipo».

Ella rezaba antes de comer.

Él desaparecía antes de pagar.

Sin embargo, parecían felices.

O al menos igual de confundidos.

El día que anunció que pensaba casarse, mi abuela casi se atraganta con una aceituna.

—¿Y de qué van a vivir? —preguntó.

—Del amor —respondió Deborah.

—Entonces compren arroz —dijo mi abuela— porque el amor no llena la heladera.

El matrimonio nunca ocurrió.

Una mañana Deborah descubrió que Ricardo había empeñado el televisor para financiar una de sus brillantes ideas.

No preguntó cuál.

Tampoco quiso saberlo.

Simplemente se fue.

Mi tío tardó meses en superarlo.

Aunque, siendo sinceros, tardó más en recuperar el televisor.

Y eso, en la familia, siempre nos pareció bastante revelador.


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