En mi pueblo había un cura famoso.
No por los sermones.
No por los milagros.
Ni siquiera por cantar bien en misa.
Era famoso por otra cosa.
Por los rumores.
Y ya se sabe que en los pueblos los rumores son como los mosquitos.
Nadie sabe de dónde salen.
Pero aparecen.
El padre Anselmo era un hombre alto.
Canoso.
Sonrisa impecable.
Voz grave.
De esas voces que podrían vender seguros de vida o convencerte de donar un riñón.
Las señoras lo adoraban.
Las abuelas rezaban por él.
Las madres hablaban maravillas.
Las hijas se ofrecían voluntarias para cualquier actividad parroquial.
Demasiadas actividades parroquiales.
Una tarde escuché a dos jubilados jugar a las cartas.
—Ese cura es un semental.
—No digas pavadas.
—¿Entonces por qué siempre está rodeado de mujeres?
—Porque escucha.
La respuesta me quedó dando vueltas.
Porque tenía razón.
Mientras el resto de los hombres del pueblo hablaban de fútbol, tractores o impuestos, el padre Anselmo escuchaba.
Escuchaba de verdad.
Miraba a los ojos.
No interrumpía.
No daba consejos a los treinta segundos.
No convertía cualquier conversación en una competencia.
Y aquello producía un fenómeno extraordinario.
La gente quería estar cerca de él.
Un día le pregunté directamente.
—Padre, ¿cómo hace para caerle bien a todo el mundo?
Se rió.
—Es sencillo.
—¿Cuál es el secreto?
—La mayoría de las personas está desesperada por ser escuchada. Yo simplemente me callo.
Aquella respuesta me pareció decepcionante.
Esperaba una fórmula mágica.
Un truco.
Un misterio.
Algo.
Pero con los años entendí que tenía razón.
El supuesto gran semental del pueblo no conquistaba a nadie.
No necesitaba hacerlo.
Simplemente prestaba atención.
Y en un mundo lleno de gente esperando su turno para hablar, eso parecía un superpoder.